El barco ebrio , J. A. Rimbaud

Este poeta francés ( Charleville 1854-Marsella 1891) , hijo de una familia pequeño burguesa se caracterizó por ser un escritor bastante precoz ( ya a los 16 años consiguió publicar su primera obra) , y por vivir de una forma audaz e intensa ; luego de algunos años en Francia y de algunos viajes y siendo muy joven, se desinteresa de la poesía y no escribe o publica más , viaja a Adén ( hoy Yemen) desde donde va Harrar ( Abisinia ) en África allí se dedica al comercio y la exploración ; enfermo de un tumor maligno muere a los 37 años en Marsella ; en sus tiempos literarios se interesó por el socialismo y respaldó la comuna de 1870 ; podría decirse que es un simbolista , aunque algunas de sus obras presentan contenidos e intereses de índole social , una denuncia de la guerra ( la franco-prusiana de 1870)y las falsas creencias sociales y religiosas ; en este poema en particular yo percibo un ánsia de vida y libertad , de una relación total con la naturaleza y una reflexión acerca de los límites de lo posible para el humano y el costo que una vida plena tiene , así como que la vida es plenitud y descenso ; Rimbaud y Verlaine tuvieron un largo e intenso rollo , no sé si sería algo de índole sexual o una relación entre dos mentes brillantes y transgresoras …

Mientras descendía por ríos impasibles,
sentí que los sirgadores ya no me guiaban:
pieles-rojas chillones los habían tomado por diana
tras clavarlos desnudos en postes de colores.

Ya no me preocupaba tripulación alguna,
portador de trigo flamenco o de algodón inglés.
Cuando aquel jaleo acabó y con el mis hmbres de sirgar,
los ríos me permitieron descender adonde yo quería.

En los chapoteos furiosos de las mareas,
yo, el invierno pasado, más sordo que el cerebro de un niño,
¡corrí! Y las penínsulas desamarradas
jamás experimentaron alborotos más triunfantes.

La tempestad bendijo mis desvelos marítimos.
Más ligero que un corcho, bailé sobre las olas
que llaman arrolladoras a sus eternas de víctimas,
durante diez noches, ¡sin añorar el ojo necio de los fanales!

Más dulce que, para los niños, la pulpa de las manzanas acidas,
el agua verde penetró mi casco de abeto
y me lavó las manchas de los vinos azules
y de los vómitos, dispersando las anclas y las garcias.

Y desde entonces me sumergí en el Poema
de la Mar, infundido por astros, lactescente,
devorando los azures verdes; donde, como flotación pálida
y embelesada, un ahogado pensativo a veces desciende;

donde, tiñendo de pronto los azules, delirios
y ritmos lentos bajo las rutilaciones del día,
¡más fuertes que el alcohol, más vastos que nuestras liras,
fermentan las rubias amarguras del amor!

Yo conozco los cielos que estallan en relámpagos, y las trombas
y las resacas, y las corrientes; conozco el atardecer,
el alba exaltada igual que una multitud de palomas,
¡y he visto algunas veces lo que el hombre creyó ver!

¡He visto el sol poniente manchado de horrores místicos,
iluminando los largos coágulos violetas,
y, semejantes a esos actores de antiguos dramas,
las olas rodando a lo lejos su batir de postigos!

¡Soñé la verde noche de nieves deslumbrantes,
beso lento que ascendía a los ojos de los mares,
la circulación de las savias inauditas
y el despertar azul y amarillo de los fósforos sonoros!

¡Seguí, durante meses enteros, igual que manadas
histéricas, el oleaje al asalto de los arrecifes,
sin pensar que los pies luminosos de las Marías
pudiesen forzar el hocico de los océanos asmáticos!

¡Sabed que embestí increíbles Floridas,
mezclando con las flores ojos de panteras con pieles
de hombre, arcos iris estendidos como bridas
bajo el horizonte de los mares, con glaucos tropeles!

¡He visto fermentar las enormes marismas, tramapas,
en cuyos juncos se pudre un Leviatán!
¡Hundimientos de aguas en medio de las bonanzas,
y las lejanías callendo en cataras hacia los abismos!

¡Glaciares, soles de plata, olas de nácar, cielos de brasas!
¡Horribles varaderos en el fondo de los golfos oscuros
donde las serpientes gigantes devoradas por las pulgas
caen, de los árboles retorcidos, en negros perfumes!

Me hubiese gustado mostrar a los niños esas doradas
del azul oleaje, esos peces de oro, esos peces cantarines.
Espumas de flores me acunaron al abandonar la rada
e inefables vientos me alaron por instantes.

A veces, mártir cansado de polares zonas,
la mar cuyo sollozo atenuaba mi balanceo
izaba hacia mí sus flores sombrias de amarillas
ventosas y yo permanecía como una mujer arrodillada…

Casi isla, balanceando en la borda las querellas
y los excrementos de los pájaros chillones de ojos claros,
¡bogaba, mientras por mis frágiles ataduras
descendian a dormir los ahogados, reculando!

Yo, barco perdido bajo la cabellera de las ensenadas,
arrojado por el huracán al éter sin un pájaro,
yo, cuyo armazón ebrio de agua no hubieran rescatado
ni los Remolcadores ni los veleros de las Hansas;

libre, humeando, provisto de brumas violetas,
yo que perforaba el cielo enrojecido como si fuese un muro,
que llevo confitura exquisita para los buenos poetas,
líquenes de sol y azules hastios;

yo que corría manchado de lúnulas eléctricas,
yo, tabla loca, escoltado por negros hipocampos,
cuando los meses de julio hundían a garrotazos
los cielos ultramarinos en los ardientes embudos;

yo que tembaba oyendo gemir a cincuenta leguas
el celo de los Behemonts y los Maelstroms espesos,
arriando sin cesar los azules inmoviles,
¡añoro la Europa de las viejas murallas!

¡He visto archipiélagos siderales e islas
cuyos cielos delirantes están abiertos al navegante!
¿Es en estas noches sin fondo donde duermes y te exilias,
oh millon de pájaros de oro, oh futuro Vigor?

¡Pero, en verdad, lloré demasiado! Las albas son desoladoras.
Toda luna es atroz y todo sol es amargo:
el acre amor me llenó de embriagador torpor.
¡Oh, que mi quilla estalle! ¡Que me hunda en el mar!

Si algún agua deseo de Europa es la charca
negra y fría donde, hacia el crepúsculo ungido,
un niño, en cuclillas, lleno de tristezas, suelta
un barco frágil como una mariposa de mayo.

Ya no puedo, bañando por vuestra languidez, olas,
seguir la estela de los cargueros de algodón
ni atravesar el orgullo de las banderas y los gallardetes
ni nadar bajo los ojos horrilbles de los pontones.

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